24.1.07

denevi

ceremonia secreta (fragmento)
Atravesar la plaza le acarreó dos disgustos. El primero: aquella pareja. ¿Cómo es posible tener deseos de abrazarse y de besarse en una plaza, a las ocho de la mañana? Pasó frente a ese triste espectáculo haciendo como que no lo veía. Pero oyó. Oyó la risa de la mujer. La señorita Leonides apretó los labios. Arrastrada. Arrastrada. Arrastradarrastradarrastrada.
El segundo disgusto: los muchachones. No hay, en todo el universo de galaxias y nebulosas, nada tan temible como una horda de muchachones. No se sabe cómo se forman, de dónde provienen, pero allí están más unidos que los bulbos de una raíz, enredados en un intrincamiento de palabrotas y ademanes obscenos, adheridos unos a otros hasta formar una sola masa coralígena. Mírenlos. Se saludan a zarpazos. Casi no hablan. Se entienden con risitas, con guiños, con fórmulas en clave. Adoptan un aire sigiloso y taimado como si estuvieran tramando quién sabe qué complot. Y si una mujer pasa junto a ellos, todos la miran, ya torvamente, ya con arrogancia, como si le conocieran algún secreto y la amenazaran con divulgarlo. Pero nunca son más feroces que cuando están instalados en sus esquinas como en un aduar. Hay que ser mujer y atravesar ese campo minado para saber lo que es el ludibrio y el vejamen del sexo. Créanle a la señorita Leonides.

31.12.06

pulp

algo cambió

Escribí la canción dos horas antes de que nos conociéramos.
No sabía tu nombre o cómo eras todavía.
Oh podría haberme quedado en casa durmiendo.
Podría haber ido a ver una peli, en cambio.
Podrías haber cambiado de planes y haber visto a tus amigas.
La vida podría haber sido muy diferente pero entonces,
Algo cambió.
¿Creés que hay alguien ahí arriba?
¿Tendrá Él un cronograma dirigiendo números de amor?
¿Por qué escribí esta canción ese día?
¿Por qué me tocaste la mano y dijiste suavemente:
Dejá de hacer preguntas que de cualquier modo no importan?
Sólo démonos un beso para celebrar acá hoy.
Algo cambió.
Cuando nos despertamos esa mañana no teníamos modo de saber,
Que en un par de horas cambiaríamos el camino que íbamos a andar.
¿Dónde estaría ahora si nunca nos hubiéramos conocido?
¿Estaría cantándole esta canción a alguien más, en cambio?
No sé, pero como vos dijiste
Algo cambió.

19.10.06

+ bornemann

poema sin ganas

No tengo ganas de despedirme
y tú me dices que debo irme.

La desganada seré a tu lado.
Lágrima viva por tu costado.

A estar sin ti vas a enseñarme,
porque no sé desenamorarme.

No tengo ganas de soledades,
de amor partido en dos mitades,

Ni de que falten a mi caricia
las manos tuyas: miedo y delicia.

Y aunque te enojes, volveré a verte:
¡No tengo ganas de no quererte!

15.10.06

auster

la invención de la soledad (frag.)
Una noche, sin ninguna razón en particular, salió a caminar por la aburrida zona oeste de la calle Cincuenta y se metió en un bar de alterne. Mientras tomaba una cerveza en la mesa, una voluptuosa joven desnuda se sentó a su lado. La chica se aproximó cada vez más y comenzó a describirle todas las cosas lascivas que podría hacerle en «la habitación del fondo» si estaba dispuesto a pagar. Sus proposiciones eran tan directas y en cierto modo graciosas que él acabó aceptando. Por fin decidieron que le chuparía el pene, pues afirmaba tener un talento extraordinario para aquella actividad, y en efecto se dedicó a la tarea con un entusiasmo sorprendente. Unos minutos más tarde, en el preciso instante en que se corría dentro de su boca con un largo y palpitante chorro de semen, A. tuvo una visión que lo ha acompañado desde entonces: cada eyaculación contiene miles de millones de espermatozoides —o más o menos la cantidad equivalente al número de habitantes del planeta— y eso significa que cada hombre guarda en sí mismo el potencial de un mundo entero. Y en lo que ocurriría, si esto pudiera ocurrir, se encuentra toda la gama de posibilidades: las semillas de idiotas y genios, de bellos y deformados, de santos, catatónicos, ladrones, corredores de bolsa y equilibristas. Cada hombre, por lo tanto, es un mundo entero y alberga en sus propios genes un decálogo de toda la humanidad. O, como dice Leibniz: «cada sustancia viva es un perpetuo espejo viviente del universo». Pues el hecho es que estamos formados por la misma materia que surgió de la primera explosión, de la primera chispa en el vacío infinito del espacio. O al menos eso se dijo a sí mismo, en aquel momento, mientras su pene estallaba en la boca de la mujer desnuda cuyo nombre ha olvidado. Pensó: la irreductible mónada. Y luego, como si por fin lograra asimilarlo, pensó en la célula microscópica y furtiva que se había abierto camino en el cuerpo de su mujer, unos tres años antes, para convertirse en su hijo.

14.8.06

tuñón

La cerveza del pescador Schiltigheim

Para que bebamos la rubia cerveza del pescador Schiltigheim.
Para que amemos Carcassone y Chartres, Chicago y Québec, torres y puertos.
Los blancos molinos harineros y la luz de las altas ventanas de la noche encendidas para los hombres de frac y para los ladrones.
Y las islas en donde los Kanakas comen plátanos fritos
Y bajo las palmeras entre ágiles mulatas suenan los ukeleles.
Islas, dije, las islas, soles rojos, platillos para Darius Milhaud.
¡Tener un corazón ligero! Vale decir, amar a todas las mujeres bellas.
Y una moral ligera, vale decir, andar con gitanos alegres
y dormir en un puerto un ocaso cualquiera y en otro puerto y otro
y andar con suavidad y desenvoltura de fumador de opio.
Para que a cada paso un paisaje o una emoción o una contrariedad
nos reconcilien con la vida pequeña y su muerte pequeña.
Para que un día nos queden unos cuantos recuerdos: decir, estuve,
estuve en tal pasión, en tal recodo. Estuve, por ejemplo,
en la feria de Aubervilliers, una mañana, con un trozo de asado,
una amistad tranquila, la mesa clara, el perro, el buen hablar
y afuera, las verduleras de París chapoteando con los zuecos en la nieve.
Para que bebamos la rubia cerveza del pescador Schiltigheim
es necesario no asustarse de partir y volver, camaradas.
Estamos
en una encrucijada de caminos que parten y caminos que vuelven.